Carlos Ceballos de Castro


Carlos Ceballos de Castro


En nuestro (vuestro) encuentro en el Jerte, habrá un espacio para presentaciones de libros, y es ahí donde tendremos oportunidad de conocer los versos de Carlos Ceballos de Castro. Así se retrata este autor:

No creo en las biografías. Siempre les falta una pieza.

Nací en Camberra, crecí pero no me reproduje, estudié fecundación in vitro y tras mi segundo matrimonio me hice sexador de pollos… Acaecimientos de este tipo, desvinculados de sus raíces profundas, de las razones conscientes o subterráneas que los motivaron, multiplican la confusión, cuando no el engaño.

Toda biografía es una lucha entre un mandato y un hilo de agua. Inadvertido vive el mandato. Si llegara a ser descubierto, podría transcribirse con una frase bien clarita. Del hilo decir que lo llaman espíritu, último recinto del yo, naturaleza íntima o voz interior, entre otros nombres, y es un animal muy delicado.

Aquella discordia explica lo que nos sucede o hacemos que suceda. Los datos solos, periodísticos, arrojan una falsa apariencia de realidad y de entendimiento.

Referido a la tragedia, Aristóteles alertaba de que el argumento no debe ser veraz sino verosímil. Lo mismo puede aplicarse a cualquier narración. Sea esta la Historia de España, una biografía, algún cuento infantil, los mitos cosmogónicos, la filosofía marxista o los documentales de la 2. Pues bien, hay cosas en mi vida —y en la de todos, supongo— tan poco creíbles que si las reseñara lo único que conseguiría es que me retirasen el saludo.
Y todo ese rollo nos lo ha soltado —se estarán indignando ustedes— ¿para decirnos que no va a comentar nada acerca de su vida?
Sí, es verdad. Pero no soy tan valiente como para dejar una página en blanco.

Con todo, los poemas recogidos, especialmente los dos primeros, aportan algo de esa intrahistoria que escamotean las biografías.

 
Negra y blanca belleza

No es el color, si blanco o si negro
lo vienen discutiendo. Pero no es el color.
Es
cómo el color informa
a esos labios
perfectamente egipcios.
No es el color;
sino el color
resolviéndose
en textura y en apoyo
de los párpados;
que quizá las pestañas
nos alargan la noche
o pómulos tan tersos
levantan las caderas...
Ya veis, no sé explicarlo
pero no es el color.
Porque, después de todo,
el ébano —aburrida metáfora—
se nutre, fijaos bien,
de diminutas claridades platinas
y qué oscura belleza
se ha detenido
cuando viaja la luna
en el negro blanco de las blancas.
¡Caballeros! No estiben
en los puertos africanos
sus prejuicios, su sed atolondrada,
su roma percepción.
¡Africanos! Quitaos... el hipo, resituad
el ojo y el objeto,
Abrid el ciego
coágulo que se agolpa
tras doscientos golpes
                                         de prohibición.
Vean, vean todos, blancos y negros todos, por favor:
con la lluvia,
con la piel… más anémona,
con la sonda del murciélago,
con un costado braille;
vean, sí, con los dedos invidentes
a la sombra de aquel árbol,
sabio viejo, antepasado
                                          nuestro
en el arte de amar.
Vean, pues,
con la mística ceguera del cuerpo;
tan poca cosa es en sí discernir
la luz de la noche, la noche en la aurora...
Y sin embargo ¡qué bonito  aterciopelarlo todo!
Porque además, siempre ocurre
que se adensan y se esconden
claridades y penumbras
en el objeto
                        y en la mirada.

 

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